31.3.25

 


En psicoanálisis, la repetición es un dato importante para encontrar lecturas a estructuras que podrían estar en juego. Por ejemplo, en fenómenos culturales recurrentes. Durante los últimos quince años, insisten los accidentes donde empleados de limpieza en museos confunden obras de arte con desechos y las tiran a la basura. En el Museo Bolzano de Italia, una empleada de limpieza tiró a la basura una instalación considerando que eran deshechos. En la Academia de las Artes de Düsseldorf, otra empleada hizo desaparecer la Mancha de grasa de Joseph Beuys asumiendo que se trataba de una marca de suciedad. Otra arrojó al contenedor una bolsa con desperdicios que pertenecía a la instalación del artista alemán Gustav Meztger. Lo mismo en el Museo alemán Ostwald de Dortmund, en el de Mannheim, Alemania, en el Museo de Bari y en la Tate Britain. La lista es extensa y constante. 

Para abordar con seriedad la cuestión se tendría que escuchar el caso por caso, cada vez que sucedió cuáles fueron las implicancias subjetivas, pero existen rasgos generales de los cuales tirar para intentar decir alguna cosa sobre el asunto. Cuando una obra de arte es confundida con basura revela que el arte se mueve al borde de lo inútil. Está siempre en riesgo de ser tratado como desecho, declarado sin valor. Arrojar el arte a la basura es parte de la imposición de eliminar todo lo que deforma el orden de los elementos de producción. Es vernos obligados a poner la basura donde va, que es el lugar del desecho, la ignominia. A restituir el orden. Un elemento transgresor, al menos en Latinoamérica, es el oficio de cartonero. A los ojos del que encuentra en la basura, un objeto no se agota, extiende su vida. Le gana al tiempo, a la muerte. Se le restaura un valor de existencia a la basura. En este sentido, reciclar es reponerle al desecho el estatuto de cosa. 

Parece que nos llevamos mal con la verdad de que producimos restos, tenemos que esconderlos. Slavoj Žižek dice que cuando vamos al baño tenemos la fantasía de que la mierda desaparece. Sabemos racionalmente que está, pero en cierto nivel de experiencia más elemental, desaparece. Mierda de artista, la obra de Piero Manzoni que supone 30 gramos de mierda del artista enlatados, invierte esta lógica y le pone precio y valor al desecho, lo pone a funcionar en el mercado. Michael Landy con su obra Break Down hace el camino inverso, destruye todos sus objetos personales, desde su ropa hasta su auto. Convierte lo más precioso, sus pertenencias, en basura para luego catalogarla con rigurosidad y ofrecer ese archivo como obra de arte. 

En algún sentido, Aby Warburg con su Atlas hace algo parecido, inventa un sistema a partir de lo que no tiene valor, láminas, reproducciones de obras de arte, etc. La de Warburg es una obra compuesta con imágenes de escaso valor comercial. Un Ready Made anterior al de Duchamp. El Atlas Mnemosyne es de 1905 y la Rueda de Bicicleta de 1913. Warburg no solo acumulaba imágenes en su Atlas Mnemosyne, sino también asociaciones, pensamientos y referencias culturales. En La Curación Infinita, el texto donde se desarrolla él tratamiento al diagnóstico de esquizofrenia de Warburg, se menciona un episodio donde el psiquiatra interviene sobre la colección de piedras que el paciente acumulaba durante su internación. El psiquiatra decide tirarlas a la basura. El gesto del psiquiatra elimina el soporte material de la repetición pero no toca la causa que la impulsa. La acumulación de Warburg puede pensarse en relación con la repetición como un intento de dominar algo que insiste. Su Atlas Mnemosyne es, en el fondo, una forma más elaborada de la misma acumulación que lo llevaba a juntar piedras ahora transformada en un sistema simbólico. Warburg con su obra pone en escena su síntoma. 

Bataille, cuando se refiere al lujo, menciona que “no basta con que las joyas sean deslumbrantes sino que también tiene que haber el sacrificio de otra cosa. Por ejemplo, una fortuna. Esa pérdida lo hace más valiosa”. Es decir que para tener algo, hace falta sacrificar otra cosa. Me pregunto cuál es el precio que tiene que pagar una cosa para convertirse en obra de arte. 

Cuando el arte recibe el mismo tratamiento que la basura, se lo está poniendo en el lugar del exceso. Algo por fuera, improductivo en términos capitalistas. Para Benjamin, los desechos simbolizan los restos de la historia y la cultura que la modernidad ha dejado atrás y que contienen un potencial revolucionario. Una forma de entender la historia desde lo que ha sido descartado, permitiendo una nueva lectura crítica de la sociedad. Derrida piensa los restos como aquello que no se deja clausurar, que escapa a la totalidad de un sistema de sentido. Para él, los restos no son simplemente lo que sobra, sino lo que resiste, lo que sigue operando incluso después de su aparente desaparición. No se agotan en una significación ni se consumen del todo. Quedan como marca. Los restos son aquello que vuelve pero siempre de otro modo. 

El psicoanálisis también apela a los deshechos para encontrarse con algo de lo verdadero. Sueños, lapsus, equivocaciones. Residuos, restos que están relacionados con lo real, con aquello que no puede ser completamente asimilado por el lenguaje. Lacan en el Seminario XI trata a la obra de arte como un artefacto para deponer la mirada de quien mira. Deponer 

en el sentido del soldado que baja sus armas, renuncia, se rinde. Curiosamente, Lacan tenía El origen del mundo de Courbet oculto en su casa de campo. La pintura, que representa la vagina de una mujer, estaba escondida con un sistema de corredera o panel móvil. Lacan encargó a su cuñado André Masson una obra que funcionara como cubierta delante de la pintura. Masson pintó un paisaje denominado Terre érotique que continuaba las curvas del desnudo. De esta manera, Lacan podía ocultar la pintura cuando era necesario o cuando recibía visitas detrás de un velo. 

Durante el tiempo que la obra no era exhibida, ¿que era? Algo incómodo, insoportable. Deseado. Se puede suponer una existencia objetiva del arte, independientemente de ser vista. También sostener que el arte únicamente ocurre en la experiencia del que mira. En ese caso, la pintura detrás de la pintura es un resto, la huella de un deseo en reposo aguardando retornar a objeto de goce a partir de ser vista. Un fantasma que no puede desaparecer. Cuando estas personas arrojan el arte a la basura, revelan que algo del arte es invisible, que solo existe en el encuentro de un tipo de mirada que probablemente esté relacionada con el deseo de ver. Sin esa mirada, el arte puede ser indistinguible de la basura, se deshace en materialidad pura. Se rompe el pacto de reconocimiento y la obra de arte se desvanece en lo real.


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