12.7.18


Lo que aprendemos del amor es la diferencia, el mundo observado de a dos. El amor nos trae al otro, que viene con lo otro. Porque la experiencia del mundo, como del amor, es por lo menos de dos. Y la aceptación del otro en el amor, es la aceptación de lo diferente, por supuesto con sus consecuencias.

El amor transforma la idea de tiempo y se transforma con el tiempo, es absolutamente sensible a la contemporaneidad. Puede ser que las relaciones hoy sean ligeras, pero finalmente damos cuenta de nuestra finitud y eso provoca tiempos distintos también en los vínculos. Saber que vamos desaparecer, ni trascender ni evolucionar a nada, posiblemente nos disponga distinto al momento de pensar la duración en el amor, que no es igual a construir un vínculo profundo o a la fantasía capitalista del poliamor que aspira tener todo. Amor es una palabra de raíz latina y el latín tiene 2600 años frente a los 315000 del primero ser humano en la tierra. El capitalismo no tiene más de 200 años, es más joven aún.

De manera que en el amor y en el capitalismo hay tiempo de experimentar algo más que miedo, rechazo o sometimiento. Algo singular que todavía puede ser pensado o descubierto. Creo que esa es una posibilidad interesante de no ceder a la dominación. El capitalismo es poderoso, pero es posible que algo desborde, algo le sobre al capitalismo. Según Jorge Forbes “la muerte es lo que excede las dimensiones de la vida, es un exceso” En esos mismos términos algo podría ser posible en el capitalismo, donde todo es exceso. Del mismo modo que el sujeto tiene restos embarazosos como los sueños, los lapsus, pero desde donde es posible tirar para hallar algo de lo propio. Es interesante pensar un psicoanálisis como salida del capitalismo, un psicoanálisis que acerque al deseo propio. La salida podría ser reemplazar un deseo por otro.

Parece ser que quien consume porta un vacío, no estoy tan seguro. Si lo opuesto es la plenitud, yo creo que ese estado es de oscilación.

La práctica amorosa es segregadora, hay necesidad de separación. Para poder ganar en el amor como en cualquier cosa, hay que poder perder, dejar algo afuera. Para que la ecuación de más o menos, hace falta separarse, separarse en el sentido de elegir. Elegir que va a quedar exterior al campo de la relación, no excluido sino por fuera. Renunciar es de algún modo re enunciarse en otro lado, afirmarse en otra cosa.

Posiblemente buscar respuestas en el amor sea angustiante o cause malestar, porque el amor produce preguntas, nunca es la respuesta. Quizás en esa inquietud radique algo tan encontrado como la urgencia de eternidad en el amor. La eternidad es en el amor como tema, porque indudablemente existen amores que duran una vida, incluso la sobreviven en la vida de algún otro, pero no hay amor eterno porque no hay una persona que dure más de una vida.

El amor tampoco se trata de democracias, basta con uno en desacuerdo y todo se va al traste. Claro que quien ama puede seguir amando mas allá del consentimiento del otro, pero con un pronóstico creo yo desafortunado. Tampoco se trata el amor de algo así como lo verdadero, posiblemente si de negociar verdades. Algunos filósofos con fe en lo verdadero como Badiou, tratan a estas verdades peyorativamente de opiniones. Yo creo que son argumentos, idealmente al menos. Como tampoco hay una práctica sexual que sea “la buena”, todas son sintomáticas vía el inconsciente. La verdad es la de la ciencia, pruebas, experiencias, ensayos. Una verdad en forma de descubrimiento hasta el próximo que anula el anterior y así. Diría en cambio que se trata de subjetividades que se rozan. De aceptar que la verdad está perdida desde un principio y sentarse a negociar con el fantasma de cada uno y el del otro. Después de todo, uno no ama a quien quiere, sino que es arrastrado de aquí para allá, de este o ésta a aquella otra. Eso también es ser un sujeto, un sujeto al inconsciente, sujeto a la repetición y a veces con el deseo de emanciparse por la vía del psicoanálisis.

El odio suele ser una emoción más estable que el amor.



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