30.7.17

Hermann Hesse acepta que para escribir necesitaba ser infeliz, reconociendo que el dolor era constitutivo para su escritura. Su novela “El juego de los abalorios” es la única obra de la literatura universal en donde en más de seiscientas páginas no aparece ni una mujer. Probablemente este pensamiento simplón esté formado por referencias desarrolladas en una juventud sin esperanzas que vio a Superman -Christopher Reeve- inmóvil, moviendo apenas los dedos de la mano izquierda, agonizando en una silla de ruedas. Una generación que vio a Dana, su esposa, sobrevivirlo apenas dos años más para morir de cáncer de pulmón sin haber fumado un solo cigarrillo en toda su vida. ¿Qué prueba esto? Nada. Quizás que en nuestra fantasía el amor es algo que se realiza en otra parte. O que el amor que se ensaya en vida se concreta en la muerte. Ahora bien ¿qué clase de amor es éste que está en un más allá de todo límite? Es evidente la dificultad contemporánea para el amor. Siempre inestable, el amor no se transforma en odio, pero si puede convertirse en una agresividad parecida a la muerte, como las canciones de amor escritas durante la exaltación propia de un amor desgraciado (…)

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