11.5.17

Un horizonte de sucesos

Es probable que hace 2 millones de años uno de los primeros hombres en la tierra se sintiera solo, viera morir a sus pares y descubriera que él también iba a morir. Ese sentimiento tan desalentador quizás fuera superado enardecido de existencia, con un poco de entusiasmo robado a la muerte. Un escudo de vida cargado de esperanzas en cualquier cosa, de fe en el próximo movimiento. Posiblemente perseguir grandes mamíferos hacía América por Asia a través del estrecho de Bering que para entonces estaba seco y más tarde emigrar durante 6000 años hasta américa del sur buscando algo, deseando hacer algo más que desaparecer. La única manera que los seres humanos descubrimos como llegar a alguna parte es dejando algo atrás. Pudiendo perder para ganar alguna cosa.
Desde entonces hacemos esto o aquello, cosas sin importancia más que para nosotros y quizás una o dos personas más. Creer lo opuesto nos salva del sinsentido protegidos por la verdad del narcisismo. Si colapsa esa esperanza fracasa el mundo, entonces optamos por la fe. Hacemos planes, tenemos hijos, amamos suponiendo que alguien espera ese amor en alguna parte. Sin esa suposición no funciona nada. No obstante, veo a las personas hacer cosas maravillosas. Nadar, por ejemplo. Frente a una catástrofe podemos sobrevivir en el océano, flotando y trasladándonos en el agua mientras el corazón bombea más sangre a los músculos necesarios para la supervivencia. Ante esa situación extrema, palidecemos para que los capilares sanguíneos se estrechen y administren el flujo sanguíneo donde sea necesario. Las pupilas se dilatan para enfocar mejor, el aparato digestivo no tiene función en un acontecimiento de estas características de modo que recibe menos sangre. Sentimos escalofríos y piel de gallina en el intento del organismo para retener calor corporal donde haga falta mientras braceamos buscando tierra firme.
Hacemos obras de arte y pensamos ideas para calmarnos de algunas imágenes que no nos dejan en paz construyendo otras que nos alivien de lo que desconocemos. Buscamos en ellas algo que no sabemos, pero no del orden del inconsciente. Es decir, no para revelar una incógnita del inconsciente, pero si para poder sostenerlo en alguna parte con el fin de poder rodearlo, darle una vuelta. Hacer, en lo posible, una pieza lo suficientemente autorreferencial e independiente del artista para traicionar al espectador borrando las huellas de su presencia autoral. El autor desaparece, no importa quién es. Se abre un espacio donde lo que hay falta, algo que a la obra tiene que fallar para poder continuar, para que luego haya otra. De existir una verdad, estaría en función de esa repetición.
Las líneas y los colores de un dibujo no reproducen algo, hacen que ese algo sea. Inventan oxígeno en escenarios excesivos donde no es posible respirar. Cruzan la memoria en algo tan ordinario como el diseño de una porcelana extrañamente familiar, en tazas de té que construyen un paisaje ante la vacilación. Un recuerdo de infancia devastador que puede resultar útil sospecharlo, porque una biografía se construye de recuerdos, sobre todo de aquellos que el olvido nos protege.
Del mismo modo que las sombras no revelan solamente el folclore espectral, adheridas a las cosas como un fantasma. Además, son algo de nosotros que se proyecta al menos temporariamente. Algo oscuro pero que solo puede existir mediando la luz. A veces no es sombra y es una abertura blanca en el medio del follaje cerrado, claustrofóbico. El final de un pasillo que parece no cerrar nunca. Una imagen eclipsada que no queda claro si es de entrada o de salida donde el espacio y el tiempo dejan de ser ideas con sentido, al igual que en el campo gravitatorio de un agujero negro donde las leyes de la física como las conocemos no son aplicables. Si cayéramos en un agujero negro, a medida que nos acercáramos al núcleo el tiempo avanzaría más lentamente hasta interrumpirse. Al llegar al centro, quedaríamos inmóviles. Es lo que sucede en algunas obras de arte, las modernas, las clásicas. Permanecen detenidas mientras el tiempo sigue corriendo. Ante ellas, su público baja los brazos y depone la mirada. No aguarda, espera.
Al mismo tiempo hay un arte contemporáneo que marcha en contra de la eternidad. Es frágil, incluso a veces desaparece. Manifiesta el paso del tiempo. Comparte con los sujetos la caída o al menos posee voluntad de finitud, está habitado por la muerte. En este caso ser espectador sería una decisión comprometida con el tiempo, una acción. Como en algunos amores, hay demanda de demanda y más allá de la mirada está el instante donde hay algo que hacer, algo que ver. De manera que escribimos libros, dibujamos e incluso nos reproducimos con la expectativa de no quedar ausentes del futuro ni de las pasiones.

El lenguaje bautiza al amor con una palabra latina que proviene del 800 antes de Cristo. Es decir que la idea del amor solo tiene al día de hoy 2817 años de antigüedad frente a los 4500 millones del planeta Tierra, haciendo del amor algo nuevo en el mundo. El amazonas de nuestro continente afectivo.


Para “Sombra Natural”, de Gastón Herrera

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