12.8.13

La alegría, el dolor, la vida y la muerte.

En la tragedia, sus actores son puestos a prueba enfrentados a de los dioses de forma misteriosa. El héroe es forzado por el destino a la muerte o su traducción que es el exilio a eclipsarse para convertirse –sublimarse- en modelo. Aristóteles indica que la tragedia cuenta con provocar la catarsis del espectador, es decir, purificar el alma mediante emociones como la compasión y el miedo. Quizás por eso los aviones se estrellan contra los edificios, los trenes descarrilan y las personas matan con la excusa de un robo, de la guerra o de una idea del mismo modo que sucede lo asombroso de un nacimiento, enamorarse o concretar una ilusión exteriorizando que el ser humano se mueve. Y en ese pensamiento acuden la alegría, el dolor, la vida y la muerte. Aún así, confiamos en que nuestro hogar es un refugio lejos de estas amenazas, sin embargo, allí donde estemos existe la contingencia. Y aquí es donde se manifiesta la circunstancia del hombre, la solidaridad y las acciones que salvan vidas posterior a la indolencia que transporta la muerte. Toda tragedia produce víctimas, y aunque la muerte nunca valga la pena, es aquí donde los sobrevivientes podemos recurrir al recuerdo de sus protagonistas para animarnos a la vida. Por supuesto el psiquismo saludablemente olvida y continua adelante. Pero durante unos instantes, el sacrificio accidental de estas personas nos acerca un poco más unos con otros y a nosotros mismos. Y es en este tiempo que vivimos escindidos, manifestándonos a favor o en contra, conduciéndonos a tientas entre opiniones sin argumentos que conducen a la enemistad cuando más lo necesitamos. En el arte, el deporte o la política nos convertimos en niños, atravesados por una crítica que destroza con ánimo de escandalizar, o se enfría de tibia que emerge por su propia necesidad de no decir nada. Decir nunca es sin consecuencias, pero del ejercicio del conflicto científico, intelectual, es de donde nacen actos e ideas. No del odio, del odio no se vuelve.
Hagamos lo mejor que podamos, recordemos cada tanto a nuestras victimas en un abrazo, en una conversación o en una idea. Ya asimilamos mucho de la vida, es hora de empezar a aprender de la muerte.


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