30.1.13

Al final, habíamos desarrollado la peligrosa costumbre de creer que la vida sucedía en relación a nuestros sentimientos y no al revés.


Aunque se tratase de la verdad, como cualquier otra no era completa. Cada recuerdo empachado de disgustos, momentos más felices e incluso los restos alojados en la memoria y distribuidos en cualquier parte, fallaban. Es decir, mezcla las fantasías y los deseos con lo que su percepción reservaba en forma de evocaciones y hay un momento donde le es imposible sentir un olor y no recurrir a la parte de su recuerdo que lo empata a otra cosa. Una memoria casi absoluta pero no de nombres, números, o calles, como admiraba de algunas personas. Recuerda el mundo a partir de experiencias propias. En cada aroma que despedían las cosas había algo de sí mismo que participaba en su composición: el césped recién cortado, la tierra mojada, las casas de envases plásticos estaban instaladas en las partes de su vida a las que no recurría ya. Se juró a si mismo intentar con todas sus fuerzas reprimir esta voluntad a la que se creía sometido, hacer su mejor esfuerzo para que un caramelo abierto fuera eso y no una tarde de siesta en el pasillo de la casa de su abuela y fracasó. Prefería hundirse en la nostalgia a bracear la superficie del mundo.
Con los sonidos era exactamente igual, pero más difícil, porque la vista interfería en el libre albedrio, interponiendo su carácter a la ilusión. Incluso se sentía enfermo, pensando que aquella verdad que volvía en forma de recuerdo estaba entorpeciendo su relación con la otra verdad que todos repetían y de tanto eco sonaba auténtica.
Diez años después trabajó al costado de la autopista vendiendo naranjas por docenas, en redes del mismo color de la fruta que las hacían ver frescas y coloridas. En pocos días su jefe descubrió que era más práctico dejarlo dormir en el tráiler al lado del camino que volver cada día a llevarlo y traerlo. Entonces las primeras tres noches no durmió del miedo, miedo a algo horroroso y sin forma. Miedo al silencio.  Empezó a escuchar los autos que viajaban en la madrugada, entreno el oído y los sentía llegar desde lejos, aumentar el ruido de las cubiertas sobre el asfalto, un sonido largo y sostenido que crecía y finalmente se hundía en el resto de la noche. un coche, y otro, y otro más, separados entre sí por pausas de intensos silencios. Luego de algunas noches el arrullo del caucho sobre la brea ahora fría le recordó el sonido de las olas.  La banquina era un médano, el olor a animales muertos al costado de la autopista eran de lobos de mar y el ripio desprendido la arena. No conocía el mar, pero se acordaba de su madre lamentando que sus únicas vacaciones habían sido el viaje de luna de miel. 
Tampoco conocía a su madre, pero eso lo descubriría mucho tiempo después de conocer el mar.

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